Petrobras no es sólo una empresa. Es un motor económico que ha remodelado la identidad de Brasil desde 1953.

Con sede en Río de Janeiro, el gigante petrolero controlado por el estado es ahora la corporación más grande de América del Sur. Pero no siempre sostuvo esa corona con tanta comodidad. Comenzó como un monopolio puro. Luego se convirtió en un competidor. Ahora es una maraña de intereses estatales, asociaciones extranjeras y proyectos de infraestructura masivos.

La historia de Petrobras es una historia de escala. En 1953, Brasil producía 2.700 barriles de petróleo crudo por día. En 2010, esa cifra había superado los 2 millones de barriles diarios. Ese crecimiento no fue mágico. Era la geología y la ingeniería reuniéndose con la política estatal.

La apuesta de las aguas profundas

¿Cómo llegaron allí? La respuesta está en las profundidades del mar.

En las décadas de 1970 y 1980, Petrobras hizo una apuesta arriesgada en la cuenca de Campos, frente a la costa de Río de Janeiro. Descubrieron enormes yacimientos petrolíferos en aguas profundas. La mayoría de los competidores pensaban que no existía la tecnología para perforar a 2.000 metros de profundidad. Petrobras les demostró que estaban equivocados.

Esos campos siguen siendo la columna vertebral. Se encuentran junto a nuevos descubrimientos en las cuencas de Santos y Espírito Santo. Juntos poseen la mayor parte de las reservas probadas de Petrobras. La empresa no sólo bombea petróleo. Lo perfecciona en todo Brasil y países vecinos. Opera estaciones de servicio en toda Sudamérica. Incluso fabrica productos químicos básicos como etano y propileno a través de su división petroquímica.

Y no se trata sólo de los combustibles fósiles. Petrobras produce biodiesel a partir de semillas oleaginosas y distribuye etanol para el programa de gasohol de Brasil. Es un actor energético diversificado, incluso si los titulares sólo se centran en el crudo.

Rompiendo el monopolio

Durante décadas, las reglas fueron simples. En 1963, Petrobras obtuvo derechos exclusivos para importar petróleo crudo. En 1964, el gobierno nacionalizó las refinerías privadas. El Estado llevaba las riendas.

Pero los tiempos cambiaron. En 1995, Brasil presionó para privatizar las industrias estatales. La Enmienda Constitucional aprobada en 1997 lo cambió todo.

De repente, Petrobras tuvo que competir. Las empresas extranjeras podrían ofertar por concesiones. La Agência Nacional do Petróleo (ANP), el regulador estatal, concedió ahora las licencias. Petrobras perdió sus cuotas de producción garantizadas. Obtuvo la libertad de formar empresas conjuntas con empresas internacionales.

Este cambio obligó a un cambio cultural. La empresa tenía que volverse eficiente. Tenía que mirar hacia afuera.

La revolución del Presal

El verdadero cambio de juego llegó en 2006.

Un consorcio formado por Petrobras, empresas británicas y portuguesas encontró petróleo en la cuenca de Santos. A 250 kilómetros de la costa. Bajo 2.000 metros de agua. Y debajo 5.000 metros de espesas formaciones de sal.

Estos eran los campos “presalnos”.

El descubrimiento fue tan grande que sugirió que Brasil podría recuperar su estatus como productor de petróleo de clase mundial. El gobierno respondió rápidamente. Creó Petrosal para regular estas reservas. Ordenó que Petrobras participara en todos los proyectos en la zona presalina.

¿Por qué? Porque había demasiado en juego para dejarlo en manos de los inversores privados. El Estado quería controlar la riqueza que fluía desde debajo del fondo del océano.

El escándalo que lo sacudió todo

Pero el control trae corrupción.

A finales de 2014, el mundo estaba observando. Petrobras ya estaba golpeada por la caída de los precios mundiales del petróleo. Luego vino el escándalo.

Una investigación masiva reveló sobornos. Millones de dólares fluyen hacia los funcionarios de Petrobras. A los miembros del gobernante Partido de los Trabajadores. Al Partido del Movimiento Democrático Brasileño. El dinero provino de empresas constructoras que buscaban contratos.

No fue sólo un robo. Fue una podredumbre sistémica. La investigación alegó que la élite política había monetizado el mismo motor que se suponía impulsaría el futuro de Brasil.

Hoy, Petrobras opera en más de 25 países. Compite tanto contra gigantes extranjeros como contra rivales nacionales. Gestiona algunas de las operaciones de perforación más complejas del planeta. Sin embargo, la sombra de 2014 persiste.

¿Puede una empresa ser a la vez una herramienta de política estatal y un competidor del mercado? La respuesta sigue siendo confusa. El petróleo sigue fluyendo. Las refinerías siguen funcionando. ¿Pero la confianza? Esa es una mercancía diferente. Y es más difícil de extraer.