Francia no inventó simplemente el tren de alta velocidad. Construyó una red masiva controlada por el Estado más de un siglo y medio antes de que intentara ir a más de 160 kilómetros por hora. Los cimientos se sentaron mucho antes de que surgieran los elegantes trenes que definen los viajes franceses modernos. La primera línea se abrió en 1827 y conectaba Saint-Étienne con Andrézieux. Eso fue sólo el comienzo. En 1832, la vía llegó a Lyon.
En 1840, el país tenía aproximadamente 300 millas de vías. Ese número parecía pequeño entonces. Creció agresivamente. En 1870, Francia poseía 15.000 kilómetros de vías férreas. El sistema se centralizó en torno a París. Sin embargo, no era sólo un centro. Las rutas a través del país unían directamente las principales ciudades. Lyon conectaba con Nantes. Burdeos vinculado a Lyon. Calais llegó a Basilea.
El cambio de nacionalización de 1938
El panorama cambió permanentemente en 1938. El gobierno francés formó la Société Nationale des Chemins de Fer Français (SNCF). Este no fue un ajuste menor. Fue una adquisición. El Estado absorbió cinco importantes empresas ferroviarias privadas: los ferrocarriles Est, Midi, Nord, París-Lyons-Mediterráneo y París-Orléans. También tomó el control de las líneas francesas occidentales.
El estado tenía el control del 51 por ciento. Esta participación mayoritaria aseguró la supervisión del gobierno. También significó que los fuertes subsidios se convirtieran en la norma. La SNCF no se creó únicamente para obtener márgenes de beneficio. Fue construido como un servicio público, un sistema centralizado diseñado para conectar a la nación.
Batiendo récords de velocidad con TGV
Pasaron décadas. La infraestructura maduró. Luego llegó el año 1981. La SNCF lanzó su primer servicio de alta velocidad. Lo llamaron “Train à grande vitesse” o TGV. La ruta era sencilla: París a Lyon.
El tren en sí era diferente. Tenía un diseño elegante. Estaba cerca del suelo. Esto no fue sólo estético. Fue funcional. Los nuevos trenes cubrieron la distancia de 265 millas en sólo dos horas. Esa es una reducción masiva en el tiempo de viaje. La velocidad de crucero alcanzó las 168 millas por hora (270 km/h). La tecnología detrás del TGV permitió velocidades potenciales aún mayores. La velocidad máxima supera los 378 km/h (235 millas por hora).
El TGV no sólo ofrecía velocidad. Ofrecía un nuevo tipo de experiencia de viaje. Obligó a los viajes aéreos en rutas nacionales cortas a repensar su propuesta de valor. Demostró que el ferrocarril puede ser más rápido que el avión si se tiene en cuenta la seguridad del aeropuerto y los traslados a las terminales. La SNCF demostró que la inversión estatal en infraestructuras de alta velocidad podía dar resultados tangibles. La pregunta ahora es si ese modelo puede replicarse en otros lugares sin el mismo nivel de respaldo gubernamental.












