El movimiento de milicias estadounidense no está muriendo – está cambiando de marca. Atrás quedaron los días de los grandes grupos organizados a nivel nacional como Oath Keepers y Proud Boys, en gran parte desmantelados después del ataque al Capitolio del 6 de enero. En cambio, está surgiendo una nueva era, definida por contenido de redes sociales hábilmente producido, estética de equipos tácticos y reclutamiento hiperlocal. No se trata de protestas masivas; se trata de cultivar la preparación individual, monetizar el miedo y generar influencia en un seguidor a la vez.

El ascenso del influencer de la milicia

Figuras como Eric Roscher de Barrel and Hatchet, una empresa de formación con sede en Florida, ejemplifican este cambio. Los videos de Roscher en YouTube, monetizados con anuncios, aconsejan a los espectadores sobre las amenazas de las “células durmientes” y la preparación táctica, al mismo tiempo que promocionan sutilmente los productos de su empresa. No se trata sólo de ideología; es un modelo de negocio. Personas influyentes como Roscher aprovechan las ansiedades –desde tensiones geopolíticas como la guerra con Irán hasta temores internos sobre la inmigración– para impulsar el compromiso y las ventas.

La clave es la curación. Estos influencers no se limitan a predicar; ellos realizan preparación. La estética de estilo militar, el equipo cuidadosamente elegido y los ejercicios de entrenamiento organizados están diseñados para lograr el máximo atractivo en las redes sociales. Se trata de una estrategia deliberada que aprovecha la cultura visual de Internet para atraer personal y generar reconocimiento de marca. Como señala Barrett Gay, investigador del Instituto para el Diálogo Estratégico, estos grupos “adoran a las fuerzas especiales estadounidenses” e imitan su equipo, alimentando un ciclo de consumo y emulación.

De los movimientos nacionales a las redes locales

La fragmentación de grupos de milicias más grandes ha creado un vacío, llenado por redes descentralizadas y organizaciones regionales más pequeñas. Travis McAdam del Southern Poverty Law Center (SPLC) explica que estos grupos ahora se presentan como organizaciones “auxiliares de preparación para emergencias”, intentando rehabilitar su imagen después del 6 de enero. Afirman estar centrados en la asistencia comunitaria más que en el extremismo político, un cambio de marca cuidadosamente calculado.

Grupos como Dirty Civilian, un colectivo de influencers con sede en Tennessee con casi 750.000 suscriptores en YouTube, van aún más lejos. Su contenido, incluido un vídeo monetizado que describe el escenario del asesinato de un justiciero, atrae a una audiencia dedicada y genera ingresos a través de Patreon y la venta de mercancías. Esto demuestra con qué facilidad la retórica extremista puede presentarse como entretenimiento y venderse como preparación.

El negocio de la preparación

La monetización de este movimiento es crucial. Los influencers no solo comparten ideas; están vendiendo un estilo de vida. Desde equipo táctico de marca hasta costosos cursos de capacitación, estos grupos sacan provecho del miedo y la paranoia. La estética es deliberada: equipo de alta calidad, camuflaje cuidadosamente elegido y sesiones de fotos meticulosamente organizadas crean una imagen aspiracional de preparación.

Esto se extiende a las estructuras legales. La Milicia Estatal de Texas, por ejemplo, ha establecido una rama sin fines de lucro 501c(4), Viking Tactical, para brindar entrenamiento con armas de fuego y participar en cabildeo político sin divulgación financiera completa. Esto les permite operar con mayor legitimidad y al mismo tiempo oscurecer sus fuentes de financiación.

Plataformas que permiten la propagación

Las plataformas de redes sociales como Facebook han desempeñado un papel fundamental, a pesar de intentos anteriores de purgar el contenido de las milicias. A medida que las empresas redujeron la moderación de contenidos, estos grupos regresaron a los feeds, reclutando abiertamente bajo el pretexto de “comunidad” o “tribu”. En algunos casos, incluso realizan campañas publicitarias pagas. La respuesta de Meta ha sido reactiva, con promesas de eliminación pero con un impacto limitado a largo plazo.

¿El resultado? Un ecosistema persistente y en evolución donde la ideología extremista se presenta como preparación, se monetiza a través del consumismo y se amplifica mediante algoritmos de redes sociales. Las milicias del pasado pueden estar fracturadas, pero su influencia sigue viva: un clic, una compra y una publicación a la vez.