Se podría pensar que el libro financiero de una nación debería sumar cero. No es así.
La balanza de pagos no es una chequera personal. Es un registro sistemático de cada transacción económica entre los residentes de un país y todos los demás. Esto incluye gobiernos, corporaciones y ciudadanos individuales. Los datos se estructuran mediante contabilidad por partida doble.
Cada transacción tiene dos lados. Un débito. Un crédito.
Debido a esta estructura contable, la balanza de pagos general de un país nunca puede mostrar un superávit o déficit neto. Esto es distinto de la balanza comercial, que con frecuencia oscila violentamente entre números positivos y negativos. Todo el sistema se equilibra por definición. Si el dinero sale, con el tiempo debe volver a entrar o permanecer inactivo en alguna parte.
Consideremos a Japón como ejemplo.
Los residentes japoneses gastan yenes en productos extranjeros. Envían turistas al extranjero. Hacen donaciones o conceden préstamos. Estas salidas se registran como débitos. Representan yenes puestos a disposición de los extranjeros.
Por otro lado, los extranjeros utilizan esos yenes para comprar exportaciones japonesas. Pagan intereses sobre los préstamos que tienen. Estos son créditos.
¿Qué pasa si los extranjeros no gastan todos los yenes que reciben?
El libro mayor aún debe equilibrarse. Los yenes no enviados no desaparecen. Se manifiestan como un aumento de los saldos en yenes en manos extranjeras. O tal vez los extranjeros utilicen ese capital para comprar valores japoneses. Quizás el oro salga de Japón. El asiento contable cambia. El total sigue siendo cero.
Este mecanismo explica cómo funcionan en la realidad los pagos internacionales y los tipos de cambio. No es magia. Es simplemente una contabilidad rigurosa.