El campo de batalla moderno no se define sólo por las armas y el territorio; está cada vez más condicionado por el control de la información. A medida que los conflictos se intensifican en lugares como Gaza e Irán, la supresión deliberada de la comunicación –ya sea mediante apagones de medios o ataques contra periodistas– se ha convertido en una táctica brutal para oscurecer la realidad y erosionar la rendición de cuentas. Para muchos, los únicos relatos sin filtrar provienen de periodistas ciudadanos que lo arriesgan todo para transmitir la verdad en tiempo real, a menudo a costa de su propia seguridad.
El silenciamiento de los testigos en Gaza
Desde octubre de 2023, Israel ha prohibido efectivamente la entrada de periodistas internacionales a Gaza, restringiendo la información a un acceso controlado. Este vacío ha sido llenado por periodistas palestinos como Plestia Alaqad, que han documentado la devastación de la guerra a través de las redes sociales, llegando a una audiencia global a la que los principales medios de comunicación a menudo no logran llegar. La escala del conflicto es asombrosa: más de 72.000 palestinos han sido asesinados, según las autoridades locales, y una comisión independiente de la ONU ha llegado a la conclusión de que Israel ha cometido genocidio, afirmación rechazada por los funcionarios israelíes.
El ataque sistemático a periodistas es un componente clave de este control de la información. Reporteros sin Fronteras (RSF) documentó 67 profesionales de los medios asesinados solo en 2025, y Gaza representó el 43% de esas muertes. Según RSF, más de 220 periodistas han sido asesinados en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, y las estimaciones de la ONU superan los 260. No se trata de víctimas accidentales; son un intento deliberado de silenciar los informes sobre el terreno. El efecto es escalofriante: las poblaciones locales comienzan a desconfiar de los periodistas, por temor a que la asociación los convierta en objetivos, aislando aún más la verdad.
El apagón digital de Irán: un mundo aislado
La supresión de información no se limita a las zonas de conflicto. En enero de 2026, Irán impuso un apagón de comunicaciones casi total que afectó a 90 millones de personas en medio de protestas generalizadas. Se cortaron todas las formas de conexión (Internet, Wi-Fi, líneas telefónicas), incluso eludiendo las herramientas utilizadas anteriormente para eludir las restricciones. Según Jonathan Dagher, de Reporteros sin Fronteras, el apagón fue diseñado para cortar la influencia externa y controlar la narrativa.
El Ministro de Relaciones Exteriores iraní afirmó que el apagón era necesario para contrarrestar las “operaciones terroristas” coordinadas desde el exterior, pero la realidad es que hizo imposible verificar el número de muertos por la consiguiente represión gubernamental, con estimaciones que oscilan entre 3.000 y 30.000. Los manifestantes ahora dependen de terminales Starlink operadas ilegalmente para compartir imágenes, pero la falta de cobertura confiable facilita que las autoridades operen con impunidad.
La fragilidad de las verdades digitales
Incluso cuando existe acceso, el ámbito digital es precario. Alaqad destaca que las plataformas de redes sociales están sujetas a moderación, algoritmos y un control político opaco. Las cuentas desaparecen, las publicaciones se eliminan y los vídeos desaparecen. Lo que es visible hoy puede desaparecer mañana, lo que hace que los informes digitales sean poderosos y impermanentes.
Esta inestabilidad subraya una verdad fundamental: la pérdida de periodistas sobre el terreno no sólo significa menos informes; significa la erosión de la rendición de cuentas. Cuando la comunicación se interrumpe, la injusticia se vuelve más fácil de ignorar. Alaqad sostiene que el silencio no es neutral; permite activamente la violencia.
El futuro del periodismo: amplificar las voces, no reemplazarlas
El desafío de ahora en adelante no es sólo encontrar formas de eludir la censura, sino también garantizar que las voces de los directamente afectados no sean ahogadas por narrativas externas. Alaqad enfatiza la importancia de amplificar las voces de quienes están en el terreno, en lugar de hablar por encima de ellas. Destaca que, si bien el apoyo internacional es valioso, no debe llegar a costa de la autoría.
“Quiero que hablemos de nosotros”, dice Alaqad. “No hay gente que hable por encima de nosotros”.
La lucha por la verdad en las zonas de conflicto no es sólo una lucha periodística; es una lucha por la justicia misma. Cuando falla la comunicación, la rendición de cuentas desaparece y el mundo corre el riesgo de hacer la vista gorda ante las atrocidades que se desarrollan en tiempo real. La única certeza en Gaza, como dice Alaqad, es la incertidumbre. Pero una cosa sigue clara: el poder de las personas para compartir sus historias suele ser más potente que cualquier algoritmo o censura.



















